Desde finales de los años 90 se aceleró un impulso para que las empresas tuvieran en cuenta sus impactos sociales y ambientales así como las consecuencias no deseadas de un mal gobierno de las organizaciones que supusiera efectos como la pérdida de empleo, entre otros. La reflexión era clara. Las empresas pueden disminuir sus riesgos sociales por ejemplo vinculados a los Derechos Humanos en su cadena de proveedores; limitar sus riesgos ambientales siendo más eficientes y mejorar el entorno reduciendo la contaminación o competir lealmente maximizando su impacto positivo estableciendo mecanismos que luchen contra la corrupción. Algunas empresas líderes, comprendieron además que estos aspectos, además de ser considerados de manera formal por una cuestión ética, respondían a los intereses de la sociedad y supondrían una ventaja competitiva de cara al futuro.

La preocupación por los aspectos sociales, ambientales y de buen gobierno en las empresas, su incorporación a la estrategia y gestión de las mismas, con el objetivo de minimizar riesgos e innovar para ser parte de la solución de los retos globales, es lo que se ha venido a denominar Responsabilidad Social de las Empresas (RSE).

Hoy en día muchos países, entre ellos España desde el año 2014, cuenta con estrategias nacionales de RSE que buscan incorporar a las empresas en esta filosofía. Para ello se han generado muchos mecanismos para influir en esta motivación. Algunos legales como la Directiva de Divulgación de información no financiera que obligará a partir de 2018 a más de seis mil grandes empresas europeas a publicar sus resultados sociales, ambientales y de buen gobierno en sus informes anuales. Otro mecanismo, por ejemplo, es el código de Buen Gobierno de la CNMV que desde este año hace público las empresas cotizadas que tienen una política e informe de RSE (más de un 60% en el primer año de aplicación) así como cuántas de ellas tienen mecanismos de cumplimiento y seguimiento de esas políticas (en este caso no llega al 40%). Otros mecanismos como el fomento de las compras públicas por parte de las administraciones con criterios sociales y ambientales o la promoción de la inversión socialmente responsable (ISR) están generando nuevos incentivos para avanzar en esta línea.

Obviamente las empresas líderes se están anticipando a estos estímulos interiorizando que aspectos como el cambio demográfico, el cambio climático, el desarrollo de ciudades sostenibles, la necesidad del desarrollo de habilidades para los empleos del futuro, la reducción de la desigualdad, la transparencia o la discapacidad son asuntos en los que las empresas a través de sus productos, servicios y forma de operar pueden y tienen una respuesta decidida.

A nivel mundial durante el año 2015 se gestaron grandes acuerdos globales donde la sociedad involucró a las empresas más que nunca como agentes que deben formar parte de la consecución de los denominados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas o el Acuerdo de Paris contra el cambio climático.

¿Qué elementos ofrecen las empresas que se han comprometido? Podríamos decir que desde Foretica los resumimos en fundamentalmente cuatro. En primer lugar, un claro liderazgo desde su dirección manifestado a través de políticas y estrategias donde la responsabilidad social está presente. Por supuesto no sirven solo las grandes declaraciones de ahí que el segundo elemento sea la gestión. Esto supone visibilizar este enfoque en objetivos, metas, indicadores, formación a los empleados, presupuestos etc. Por ejemplo, ya son muchas las empresas que se han comprometido llegar a conseguir cero emisiones netas de gases de efecto invernadero en los próximos cinco años. Un reto de gestión pero que supondrá grandes ventajas para las empresas que se anticipen a la “descarbonización” de la economía. Pero no solo las grandes empresas, también alas pymes a través de herramientas ya existentes, a través por ejemplo de normas de gestión como la SGE 21, pueden incorporar esta filosofía en sus empresas como ya han hecho más de 120 organizaciones en España que siguen este modelo.

Dos aspectos más. El diálogo es fundamental. Comprender las preocupaciones de los empleados, clientes proveedores, administración o ciudadanía es fundamental para establecer las más relevantes, priorizarlas y dar respuestas acertadas para conseguir la licencia para operar. Finalmente, solo funcionan todos estos aspectos en organizaciones bien gobernadas y transparentes que rindan cuentas de los compromisos que se propusieron.

En conclusión, la responsabilidad social es ya un factor decisivo de éxito para las empresas que quieren sobrevivir en los próximos años, la velocidad de su despliegue dependerá del énfasis, que reguladores, inversores, las propias empresas y nosotros como ciudadanos y consumidores queramos poner.

Germán Granda, director general de Forética